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a dedo

No deja de sorprenderme, especialmente después del revuelo provocado por el concurso en torno al Teatro Español y el Matadero, lo poco que se ha hablado del nombramiento de los nuevos cargos de los Teatros del Canal.  Algunas de las pocas aportaciones sobre el tema se pueden leer en Artez por Carlos Gil Zamora, o en madridiario a cargo de Antonio Castro. Vaya desde aquí mi más sincera enhorabuena tanto a Alex Rigola como a Natalia Álvarez Simó.

Sin embargo, me extraña la falta general de análisis sobre la manera en que estas  dos personas, de probada trayectoria profesional, llegan a sus cargos: a dedo, por la decisión del político de turno, a quien quedan adscritos sus proyectos .

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Los agraciados con la elección: Alex Rigola y Natalia Alvarez Simó

Me sorprende la falta de queja de la profesión: actores, compañías, amigos… nos hemos lanzado a celebrar los nombramientos sin mirar el daño que esta manera de elegir cargos hace al sector, y a los supuestos beneficiarios. Me cuesta mucho imaginar a alguien con mejor trayectoria profesional que Rigola para dirigir los Teatros del Canal. Su currículo como artista y como gestor es envidiable. ¿Hubiera tenido problemas de haberse convocado un concurso? Sólo si el proyecto ganador fuera mejor. No estoy tan al tanto en el caso de Natalia Álvarez Simó, pero estoy seguro de que su trayectoria la avala y que hubiera presentado un proyecto digno de ganar.

Me disculparán mis admirados Miguel del Arco y Liz Perales si discrepo de sus opiniones en este o este artículo, donde ponen en duda la idoneidad de los concursos para dirimir estas cuestiones. Puedo coincidir con ellos y con Carlos Gil Zamora en que hay que hilar más fino a la hora de hacer las licitaciones, y que hacer coincidir la naturaleza cambiante del arte con la lentitud burocrática propia de la Administración a veces es difícil, pero el peor de los concursos siempre es mejor que la discrecionalidad del político. Aunque acierte. Simplemente porque el proceso es más limpio, más democrático. Las Artes han sido tradicionalmente territorio de la subjetividad, y está bien que así sea en la parte de creación, pero en la parte de la gestión los procesos deben ser justificables, evaluables y comunicables más allá de los gustos, las preferencias o las ideas políticas de quien decide. Los gestores culturales llevan años luchando por el reconocimiento de su labor y quejándose de la injerencia de la política en su trabajo. Creo que como sector debemos exigir transparencia, concurrencia, participación y calidad también, y especialmente, en la manera en la que se accede a los cargos públicos.

Un proyecto que se presenta a un concurso no es solo una propuesta, es, o debería ser, un compromiso con la ciudadanía. Esa ciudadanía de la que tanto se habla y a la que luego no se tiene en cuenta. Esa ciudadanía que utiliza parte de sus impuestos en pagar una cultura que muchas veces no consume porque no encuentra nada en ella que le atraiga (el 49,7% no  va a nunca al cine, el 68,9% no va nunca a un museo y el 54,7% no va nunca a una librería según  el CIS). Creo que cualquier esfuerzo por hacer que el ciudadano sienta la cultura como algo suyo es recomendable, me atrevería a decir que imprescindible en los tiempos que corren. Y las elecciones a dedo no aportan nada a las Artes, y sí a su empobrecimiento. Sin procesos que aseguren la participación, la transparencia y la democracia, por acertada que sea la elección del político, perdemos todos. Aunque gane nuestro amigo. Hay que exigir otras formas. También en la cultura.

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